Blog de imagiteca

ACCIONES Y REACCIONES ( de "La Perfecta Pócima)

Estoy en otro lugar, en un momento diferente del año, he dejado de ser visitador médico y ahora soy una mujer...

Me encuentro en la playa, es día de Reyes y soy lo que siempre quise: periodista y zoóloga.

Pasear junto al mar me sirve para lo primero, me inspira. A veces no es sólo inspiración, también ocurren algunas anécdotas, como aquel día en que una señora, tubo de crema solar en mano, me interceptó para preguntar:

—Hija, ¿podrías untármela por la espalda?, normalmente lo hace mi marido, pero esta mañana no había Dios que lo despertara para que viniera conmigo a la playa.

Lo cierto es que me dio gustillo proteger la espalda de aquella señora de apretadas carnes, quiero decir, que no era una espalda blandengue de esas que se desplazan cuando extiendes el ungüento, ¡que va!, era tan dura, ¡que tentada estuve de darle un masaje para relajarla!

Otra de esas inspiradoras mañanas, paseando dentro el agua con el nivel a la altura de los muslos, vi ondular algo en el fondo que estaba casi enterrado, me agaché, y justo cuando la cara rozó la fría superficie mis dedos corazón y anular lograron atrapar lo que identifiqué como ¡un billete de 20€! Y entonces me surgió una duda, ¿qué podía haberle ofrecido yo al mar por ese precio?.

Hoy también fui a dar mi paseo. Llegué a la playa con el ánimo muy por debajo de su nivel. Tomé algunas fotos pero cuando me vi reflejada en la pantalla del móvil y reconocí que nunca jamás me había visto tan demacrada como en este momento, mi estado anímico, que en tierra ya había tocado fondo, cayó en picado a los niveles del infierno. Tras inspirar profundamente, encontré consuelo al pensar: ¡Afortunadamente no será esto todo lo arrugada que podré llegar a estar!, y seguí mi camino.

Justo a la altura de las casitas ilegales que tanto me gusta observar cuando recorro la pequeña porción de orilla que dejó el constructor por delante de sus cimientos, paré a sentarme un rato sobre una piedra plana y con las dimensiones adecuadas para mi trasero. Volví a mirar la foto, esta vez con resignación.

A los no muchos segundos oí un silbido de los que se suelen emitir para apremiar a que venga el perro, pero esta vez no había perro. El silbido siguió sonando y luego se le sumó otro de distinta procedencia. Intenté localizar el dueto de pitidos pero no logré ver a nadie, sólo vi una pequeña embarcación próxima a la orilla y a una señora que bajaba por el carril que conectaba a esas lujosas casas con la playa.

Pensé,<< La llamarán a ella>>, sin embargo la mujer no parecía haberse percatado. Miré hacia atrás y luego hacia las casas y a sus balcones entoldados, empergolados, acristalados... y... ¡allí estaban!.

Se trataba de un chiquillo que me saludó muy efusivamente desde el ventanal y de un muchacho de pelo largo, bastante rizado, que al ver mi careto salió despavorido desapareciendo de mi vista (pero principalmente, desapareciendo yo de la suya). Lo mismo hizo el niño, que en una décima de segundo pasó de, estar a punto de saltar por el balcón intentando llamar la atención de algo o alguien, a esfumarse del encuadre de la ventana...

Era la mañana de Reyes y, al parecer, mi espectro sobre la arena no era un regalo suficientemente estimulante.

Seguí sentada sin hacer nada e intenté provocar algo. Escarbé y saqué una gran piedra de su lugar, creyendo que debajo podría estar la clave de mi acción.

¿Y por qué no?

De niñO admiré el hecho de excarbar hasta provocar la anegación del hoyo sin tener que verter una sola gota de agua.

Pero esta vez ni siquiera ocurrió eso, así que cogí la piedra, y con otra más pequeña y afilada, escribí mi nombre en ella. (A decir verdad debí haber dejado mi número de teléfono, mi correo electrónico y algún mensaje provocador, si lo que realmente quería era provocar una reacción para mi acción). Indiferente a todo me puse en pie y continué el paseo sin reparar en nada más. Al menos esta caminata me había dado para rellenar un par de páginas para el artículo de hoy y firmar una piedra con mi nombre que sería borrada por la primera ola de la pleamar.

***

...Pero efectivamente, yo no había reparado en nada más... sin embargo a mis espaldas había y estaba ocurriendo algo:

El joven del pelo ensortijado había sido contratado en la casa para colocar el control remoto de las persianas, el chico había obtenido el trabajo gracias a sus dotes y a las de su madre, una extrovertida mujer que hacía amistad con todo el que se cruzaba cada mañana durante su paseo por el litoral, fuese o no acompañada por un madrugador marido, el cual le solía extender la crema protectora por las zonas donde ella no alcanzaba.

La mujer que bajaba tranquilamente por el carril desde las casas pareadas iba escuchando música zen a través de sus auriculares mientras se dirigía a la lancha que había recalado a pocos metros de la playa. Su marido y su hija la esperaban para zarpar.

El hijo menor se había quedado en casa; no había querido separarse de uno de los regalos favoritos recibidos en ese especial día: un cachorro de bullterrier. Hacía tan sólo media hora que llegaron de haber estado jugando en la orilla y el animal había comenzado súbitamente a alternar convulsiones con desvanecimientos al tiempo que el cuerpo se le quedaba completamente helado.

El niño y el empleado, nerviosos y alterados, se asomaron por la venta intentando llamar la atención de la madre, de los tripulantes de la embarcación, o la mía. No sabían cómo actuar, necesitaban un vehículo para llevar al animal urgentemente a un médico.

El chaval había desistido de seguir haciendo aspavientos cuando me vio volver la cara hacia él sin entender un carajo. El más mayor salió corriendo de la casa para bajar a la playa y avisar a los padres del niño. Cuando llegó a la altura donde yo había estado sentada, la mujer ya había subido al barco y este, recorrido varios metros lejos de la orilla. El chico bajó la vista al suelo y vio algo iluminarse y sonar, era mi móvil. Tras verme en él reflejada y macilenta, me había olvidado de guardarlo y resbaló desde mi regazo hasta el hueco que había dejado la piedra en la que grabé mi nombre y que aun permanecía allí, bien visible. El muchacho cogió el teléfono y contestó a la llamada:

—¿Diga?

A lo que una voz lejana (comparada con la omnipresente voz del mar), preguntó como respuesta:

—¿Es la doctora en zoología?

El chico miró el celular y entonces reparó en la piedra del suelo, sus circuitos establecieron conexiones y volvió la vista al frente buscándome a lo lejos y gritando:

—¡Waleria!, ¡Waleria! ¡Necesitamos ayuda!

Volví corriendo y al fin, después de tantos años paseando junto a ellas y admirándolas...tuve la oportunidad de subir a una de las casas bonitas y lujosas.

Pude estabilizar y valorar al perro con los medios a mi alcance, por la tarde volvería a verlo. Había tenido una reacción exacerbada a la picadura de una medusa.

Después del susto, el niño y el trabajador estaban apurados conmigo. Ninguno disponía de dinero en ese momento.

Pero mientras hacía el camino de vuelta por la orilla, recordé que un día... el mar me había pagado por adelantado.

Y que... efectivamente... cada acción, por insignificante que parezca, conlleva una reacción...


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